Proyectos

Pues sí, ando con varios proyectos a la vista y unas enormes ganas de disfrutar con mi trabajo, de sentirme feliz con lo que hago.

Os voy contando todo lo que vamos a hacer en breve:

En principio, el 17 de octubre Amparo empezará con la primera sesión del club de lectura y el 24 de octubre con la primera del taller de escritura en la Biblioteca de Paiporta. Ambas comienzan a las 19:30 y aún podéis apuntaros.

Hay varias propuestas más sobre la mesa pero ya os iré contando.

Otro de los proyectos que va a emprender Amparo este año es la coordinación de uno de los módulos del Máster en Gestión Global de Recursos Humanos que el Excmo. Colegio de Graduados Sociales de Valencia junto con la Universidad Europea de Valencia han puesto en marcha.

Luna estará contando cuentos en la Biblioteca Pública Pilar Faus (la biblioteca de la calle del Hospital de Valencia) los próximos 19 y 26 de octubre a las 18:00. Os espera con sus rastas y su pandero.

Y yo, Casandra, estoy empezando mi nueva novela. No puedo anticiparos nada todavía, pero espero que os guste. ¡Ah! Y os estoy haciendo caso así que será algo más larga que Los amores de El Tío Nelo (o al menos eso espero).

Por supuesto, si queréis que haga cualquier actividad relacionada con el fomento de la lectura, contactad conmigo aquí.

 

Hay gente que me pregunta que cómo lo hago, cómo me da tiempo a hacerlo todo y yo siempre bromeo con la respuesta, pero el otro día, hablando con mi hijo pequeño, sin pretenderlo, di con la clave y desde entonces no deja de darme vueltas en la cabeza.

La vida hay que exprimirla como si fuera una naranja y beberla con placer, cariño –le dije.

Y eso es lo que hago. Incluso esas pequeñas cápsulas de sabor que se cuelan entre las rendijas del exprimidor y caen en el vaso. Incluso esas, las aplasto con la lengua para beber su zumo.

Todo comenzó hace mucho, mucho tiempo. Yo tendría trece o catorce años. Llegué un día a comer a casa. Regresaba, claro está, del colegio y me encontré a mi madre llorando. Le pregunté qué pasaba y ella me respondió con otra pregunta que se quedó grabada para siempre en mi recuerdo:

-Cuarenta años ¿y qué?

No supe qué responder. Ella comenzó a lamentarse de que tenía cuarenta años y no había hecho nada en la vida, pero todo eso lo recuerdo con neblina, ni siquiera sé qué era concretamente “nada”. No lo recuerdo. No recuerdo sus palabras, únicamente sus lágrimas y la frase que inició la queja y que repitió varias veces: “Cuarenta años ¿y qué?”

Yo no la entendía, la verdad. Nos había contado muchas veces que había trabajado en varios sitios antes de casarse. Luego, se quedó en casa y al año, nací yo, después mis hermanos. Ella había ayudado a mi padre en su trabajo cuando éramos pequeños, contaba varias anécdotas ocurridas durante ese tiempo y trabajaba en casa.

Tenía tres hijos. ¿Cómo que y qué? Hasta hace poco no entendí conscientemente que eso no le era suficiente. No le bastaba. No la llenaba. Pero entonces, aquella pregunta me resultó muy perturbadora. Tanto como para que se quedara grabada en mi cabeza.

Sin embargo, algo dentro de mí lo intuyó porque cuando yo tuve cuarenta años le recordé a mi madre esa conversación.  Me habían contado que los padres querían que sus hijos fuesen una proyección propia, que llegaran hasta donde ellos no habían alcanzado y me lo creí. Pero se ve que mi madre era distinta.

Esperando que, por primera vez, se sintiera orgullosa de mí (ella nunca tenía bastante y siempre me exigía más y más), le mostré que había cumplido cuarenta años y tenía tres carreras universitarias, un doctorado, había trabajado en aquello que me gustaba y me había tenido que reinventar dos veces (entonces no se llamaba así, pero es lo que hice) y, además, mi primer hijo estaba en camino. Ella no entendió nada.

Por primera vez en nuestra vida podía mostrarle que había hecho lo que ella no pudo y ni con eso conseguí que se sintiera orgullosa de mí. No recordaba aquella conversación conmigo. La había perdido en su memoria, de hecho, ni siquiera mis recuerdos hicieron que la recuperara. Supongo que era una pregunta demasiado reveladora como para permitir que abriera ninguna puerta secreta y mis palabras lo que hicieron fue reabrir la herida que siempre hubo entre ella y yo. Ella se sintió atacada y respondió al ataque con otro y yo volví a no entender por qué nunca le parecía bien lo que yo hacía y me encerré en mi dolor.

Pero anécdotas aparte, el hecho es que a mí sus palabras me marcaron y desde entonces aprendí que tener hijos podía no ser suficiente y que la vida transcurría a tal velocidad que si no corrías, nunca la alcanzabas y te quedabas varada lamentando tus manos vacías.

Por eso no puedo –ni quiero– dejar de hacer cosas que me hagan feliz.

Hoy por hoy, me hacen feliz los besos de mi pequeño, que salte a mis brazos cada vez que entro en casa, pero también aprender cualquier cosa que despierte mi interés, hablar de literatura, escribir, entrenar a mis atletas y tomarme una cerveza con mi marido o mis amigos y dejar que el tiempo se detenga en nuestras risas como se detiene en el instante en que Yago salta a mis brazos y me besa; cuando me encierro para leer o aprender; durante las sesiones de entrenamiento o las del club de lectura o las del taller de escritura; como se suspende en los momentos robados para escribir.

Así que vivo la vida de la mejor manera que sé y no sé otra.

 

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