MEMENTO MORI

Me voy a morir. No es un anuncio ni una frase provocada por la depresión. Es la constatación de una realidad que quiero, a fuerza de repetirla, que se me quede grabada en la mente para poder distinguir lo verdaderamente importante de lo que no lo es.

Paso la vida atendiendo reclamos ajenos y postergando mis necesidades y las necesidades de los que me quieren. Llego a casa cansada y estresada después de un día en el que no había horas suficientes para todo lo que tenía que haber hecho. El trabajo de Graduada Social es muy exigente, los compañeros lo saben. Los errores cuestan dinero, los problemas de los clientes han de ser resueltos inmediatamente, hay plazos que cumplir… y te llevas el trabajo a casa o los problemas. La inquietud o la zozobra aparecen a las tres de la mañana como fantasmas que interrumpen el sueño y lo expulsan de tu alcoba.

Pero imagino que es como cualquier otro trabajo porque, cuando daba clases, la pesadilla que se repetía cada noche era enfrentarme a una clase como la del típico instituto de barrio conflictivo de las películas gringas. Así que probablemente sea mi forma de ser la que me estresa hasta enfermar. Y no se me ocurre otra manera de aprender a parar, de aprender a decir que no, que volverme absolutamente consciente de la fugacidad de la vida.

Así que, voy a morir. Espero hacerlo dentro de mucho, cuando ya no sea tan necesaria a mis hijos –porque a mi marido espero serlo siempre–. Porque ellos son los más importantes en mi vida, aunque también los que más pierden con mi forma de vivir. No puedo imaginar la vida sin Jordi, así que espero no sobrevivirle. Ya sé que esto es muy egoísta. Pero para una vez que lo soy, déjenme serlo. Y al resto de mi familia y a mis amigos, también espero serles necesaria siempre aunque sé que podrán seguir adelante sin mí.

Deseo ser una buena amiga, una buena madre, una buena esposa. Alguien a la que pueden recurrir en cualquier momento porque siempre va a estar disponible. Porque ellos son lo verdaderamente importante en mi vida, aunque no siempre lo parezca. Aunque les robe mi tiempo y lo dedique a llamadas de gente que cree que no puede esperar, gente que, como mucho, pasará por mi velatorio durante un rato y después me sustituirá lo más rápido que pueda. Ojo, que no es una queja. Es la constatación de un hecho: nadie es imprescindible y es lógico que ocurra así.

Sin embargo, sé por experiencia que no se levanta tan rápido la cabeza cuando quien falta es tu padre, tu hermana o alguien muy querido. Así que he de aprender a vivir como si esta vida tuviera fecha de caducidad y tuviera que dejarlo todo arreglado y en orden, cada día, para con los míos que son los que verdaderamente importan. Debo aprender a vivir recordando que voy a morir. Aprender a priorizar. Quitarme de encima esta necesidad de llegar a todos lados con absoluta perfección. ¿Qué más da ser imperfecta si voy a morir? Intentar que se me recuerde como una buena persona pesa más que la losa que me cubrirá cuando por fin pueda descansar.

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