MAYOR DE CUARENTA Y CINCO AÑOS, ¿Y?

Conozco muchas personas mayores de cuarenta y cinco años –o con edades que rondan esa cifra– y una parte de ellas está buscando trabajo y acudiendo a ofertas de empleo porque parece que el mercado se mueve.

El caso es que algunas de estas personas –como decía el poema, “por algo que no va al caso” (o sí) la mayoría son mujeres–, reciben con incredulidad la pregunta sobre su edad acompañada del comentario negativo: “es que eres muy mayor”.

Vamos a ver, mayor ¿para qué? Para trabajar obviamente no, porque la ley no nos permite jubilarnos hasta los sesenta y muchos (depende de los años cotizados) y determinados políticos amenazan con alargar aún más la vida laboral, o sea, que nos consideran perfectamente aptos para seguir en activo. Y, teniendo en cuenta que quienes cursamos una carrera universitaria no comenzamos a trabajar hasta, con suerte, los veinticuatro o veinticinco años, con cuarenta y cinco estamos aproximadamente en la mitad de la vida laboral. De manera que, muy mayores, lo que se dice muy mayores, no somos. Sabemos, eso sí, lo suficiente para manejarnos con rapidez en cualquier entorno y aún aprendemos con facilidad y ganas, de manera que, como dicen los políticos, podemos seguir perfectamente en el mercado laboral.

De verdad que no entiendo esta objeción y mira que le doy vueltas al tema desde que la empecé a oír y más aún cuando pareció convertirse en moda. “Eres mayor”, como si esto fuera un impedimento, una carga terrible, una maldición. Y qué decir si sobrepasas el medio siglo de vida. Con lo bonita que es la expresión y algunos parece que te ven ya con un pie en la tumba, o peor aún, en un retrato con dinosaurios a tu alrededor incapaz de realizar otra cosa que no sea contar batallitas o mirar el progreso de las obras de construcción.

Claro que sé que soy mayor. Sé comportarme en los sitios; casi siempre sé contestar a preguntas incómodas porque me ha dado tiempo a encontrarme con muchas de ellas a lo largo del camino; he aprendido lo suficiente de aquello a lo que me dedico como para manejarme con soltura y sé qué cosas no quiero que se repitan en mi vida. Sé aceptar responsabilidades y sacarlas adelante. Puedo hablar con gente de cualquier edad –incluida la joven– y entenderlos a todos, es lo que tienen las edades medias: aún te acuerdas de cómo eras y ya puedes prever cómo serás.

Sin embargo, aún estoy aprendiendo que la vida no se detiene y que el que se apea pierde el tren; tengo fuerzas y ganas de aprender todo lo que nos depara el día a día y no me quedo atrás porque me va en ello mucho.

Así que en realidad, creo que este comentario define más al que lo hace que a quien lo recibe. Dice mucho –y nada bueno– de quien los emite, porque parece que, en realidad, lo que quiere es a alguien joven, inexperto y sin responsabilidades a quien poder explotar laboralmente porque aceptará “barco como animal acuático” con tal de empezar a trabajar. Y eso no debiera ser así. Como, efectivamente, soy mayor, me crié con el dicho de “lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”. Y si tú no renunciarías a independizarte, a formar una familia cuando te plazca hacerlo –si es que te place–, o al tipo de ocio que te apetezca, ¿por qué han de renunciar a ellos los jóvenes?

Es cierto que cualquiera de mis congéneres, incluida yo, aceptamos muchos barcos como animales acuáticos a la hora de entrar en el mercado laboral. Y algunos barcos llevaban tal carga de explosivos que dinamitaban la ilusión y las ganas de demostrar lo que sabías hacer. Algunos tuvimos que re-inventarnos varias veces antes de que existiera esa palabreja. Pero como no me gustó para mí, tampoco me gusta para los que nacieron después de mí.

También es cierto que cualquiera de mis congéneres, incluida yo, queremos y necesitamos trabajar porque tenemos responsabilidades y hemos de cumplir. Pero también es cierto que, precisamente porque las tenemos, no podemos aceptar barco como animal acuático a la hora de aceptar un empleo. Al menos no durante mucho tiempo. Y como lo que sí podemos ofrecer es la experiencia, quien no la sabe valorar, se pasa el tiempo enseñando en vez de produciendo.

Que nuestra sociedad sobrevalora la juventud en detrimento de otras edades no es algo que acabe de descubrir. Pero me recuerda tanto a una serie que veía hace mucho, mucho tiempo… En ella mostraba una sociedad del futuro en un entorno bucólico, sin elementos contaminantes de ningún tipo: ni automóviles o cualquier otro tipo de vehículos, ni ciudades grises, estresantes y escandalosas. Por aquellos campos verdes y tranquilos paseaban jóvenes sacados de cualquier retrato helenístico, siempre bellos, esbeltos y sonrientes. Cada cierto tiempo, la paz de aquel lugar se empañaba por el sonido de una sirena que convocaba a aquellos dignos descendientes de Apolo y de Afrodita a una especie de coso taurino cubierto en el que ingresaban para sentarse dócilmente en sus gradas a fin de ver el espectáculo que se les iba a ofrecer. Una vez estaban todos dentro, las puertas se cerraban, la sirena dejaba de sonar y las luces se atenuaban. Entonces comenzaba a sonar una música mientras aparecían en escena hombres y mujeres de mediana edad que se dirigían a lo que bien podría denominarse ruedo para, una vez allí, quedarse de pie esperando con la sonrisa puesta mientras la música continuaba y ellos, movidos por una fuerza invisible, comenzaban a girar alrededor de aquel círculo central y a ascender como si estuviesen en un carrusel hasta que desaparecían. Sí, desaparecían literalmente. Una forma limpia y suave de deshacerse de las personas que ya no entraban en el concepto de jóvenes.

Nunca entendí muy bien el concepto de aquella sociedad ni la finalidad de plasmarla en la pantalla. De acuerdo, era una sociedad hermosa y joven. Pero también un tanto bisoña y cursi. Vale, no había viejos que afearan el paisaje. Ni tampoco quien les dijera que hubo otro tiempo y otra vida. Se lo podían permitir porque había una raza que trabajaba y se ensuciaba por ellos, pero como nadie había vivido lo suficiente, nadie podía avisarles del futuro que les esperaba. Tampoco nadie se hacía preguntas, por eso no sabían que también ellos estaban siendo manipulados por otros que vivían aún mejor.

Bueno, a lo que iba, que si la idea es convertirnos en la sociedad de la serie televisiva, me pido ser de los que iban al carrusel. Al menos desaparecían felices. Ahora que, como ya soy mayor y recuerdo el final, no les arriendo la ganancia a los que viven aún mejor y a sus lacayos.

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