El viaje definitivo

EL VIAJE DEFINITIVO

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

 tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará nostájico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

Tomado de “Corazón en el viento” en Poemas agrestes, 1910-1911

 

A principios de verano, me encontré con este poema de Juan Ramón Jiménez y me conmocionó de tal manera, que no puedo quitármelo de la cabeza. Ahora ya sé por qué, gracias a mi hijo pequeño, y quiero compartirlo con vosotros. Es porque me cambia el punto de vista y me sumerge en uno desde el que jamás había mirado: el punto de vista de aquél que se muere.

Yo siempre me había colocado en el papel de quien se queda. Hasta ahora, es obvio, siempre he sobrevivido a mis muertos. Así que, desde mi papel de abandonada, de huérfana, de la que se ve obligada a seguir viviendo con la pérdida, yo escribí hace mucho, mucho tiempo, cuando el dolor por la muerte de mi hermana me permitió escribir sobre ello:

No temo mi muerte,

 sino otras muertes,

que pesen sobre mis hombros

y me retuerzan.

Temo el tacto frío,

La visión inerte,

Escuchar el silencio

Y llorar la ausencia.

El pasmo del golpe,

El remordimiento de lo no dicho,

Los recuerdos que asaltan en la noche

Y el deseo de morir también.

No temo mi muerte,

sino otras muertes.

Por eso, llevo un año llorando porque ya no puedo compartir con mi padre la preparación de un juicio; o comentarle cómo he actuado en Sala; o llamarle inmediatamente, al recibir la sentencia, para decirle que he ganado, o ver si se podía recurrir en caso de haber perdido. Como tampoco voy a poder tener más disertaciones túnidas con él (lo que en otros ambientes llamamos diálogos de besugos); ni bromear; ni jugar; ni buscar en internet las dudas que surgen durante cualquiera de las conversaciones que teníamos en las que la historia, la cultura o la lengua tomaban protagonismo. Ni tampoco me tomaré un café con él para hablar de proyectos; ni me sentiré acompañada por su confianza en mí. Y por eso se convierte en un drama tener que cambiar un mueble, o la vajilla, o cualquier elemento que mi padre conocía o había usado; o que cierren una tienda en la que fui con él a comprar; o pasar por delante de cualquier establecimiento en el que estuve con él… Porque todo me recuerda el hecho de haberme quedado huérfana, porque cada pérdida, cada objeto que hay que cambiar, es de nuevo una despedida, es un abandono, es otra cosa más que ya no volveré a compartir con él.

Por eso, durante el tiempo que mi padre consiguió sobrevivir, me esforcé por decirle cuánto le quiero, cuán orgullosa estoy de ser su hija; por acumular más recuerdos hermosos que compartir. Porque esta vez, la vida me había concedido un plazo y no quería desperdiciarlo.

Sin embargo, jamás había pensado –y ahora me siento tan egoísta por ello–, que la vida continua irremediablemente, y que el dolor no solo está en que mis hijos han perdido al abuelito con el que jugaban al ajedrez o que los llevaba al parque; al abuelito que les enseñó a dibujar y a pintar; al abuelito confidente con el que compartían juegos y bromas. El dolor también estaba en mi padre que no los verá crecer, que no podrá conocer a sus parejas y a sus biznietos y que no podrá enseñar a su nieto pequeño lo que enseñó a los mayores. No lo había pensado. Y eso a pesar de que el dolor ya se reflejaba en aquellos ojos grises que se tornaban acuosos cada vez que miraba al pequeño sabiendo que él jamás le recordaría; que no sabría quién era su abuelo, ni cuánta ternura cabía en aquellas grandes manos con las que lo cogía. El  dolor ya existía, aunque no supe leerlo, el día que yo grababa la lección sobre dibujo que abuelo y nieto mediano compartían el último verano cuando mi padre levantó los ojos para mirarme sonriendo tristemente. Ese dolor que sentía –ignoro si lo siente ahora– al saber que no tendría mi novela hecha libro en sus manos cuando escogió la dedicatoria que más le gustaba y que nos quebró la voz a ambos.

Yo pensaba que el dolor comenzaba una vez llegaba la pérdida, pero el dolor estaba ya allí porque él ya sabía que los pájaros seguirían cantando y él ya no los iba a escuchar, porque él se iba a quedar, como el poeta, solo, “sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco”, sin ver crecer a los nietos, sin ver que “no me ha jodido la vida” por haberme ofrecido seguir sus pasos, sino que me la ha dado y me ha permitido compartir tanto con él… O quizás sí puede ver todas estas cosas, no sé. Ventajas de ser agnóstica.

Así que, comprendido ya el segundo punto de vista, ¿qué más da que haya que cambiar la vajilla, o el tapizado, o los muebles? ¿Qué más da que los lugares que frecuentábamos continúen abiertos o no? No es mi orfandad, sino su pérdida y cada vez que él sonreía a pesar de que su mirada se enturbiaba, me estaba enseñando que “el pueblo se hará nuevo cada año” y no podemos –ni debemos– evitarlo, tan solo aceptarlo y seguir adelante.

Y esto que a mí me ha costado un año entender: que el foco no está en quien se queda sino en quien se va, mi pequeño ya lo sabía. Y yo aún seguiría dándole vueltas al poema de no haber sido por este pequeño sabio de ocho años.

El otro día vimos un entierro al pasar por una iglesia. Él me preguntó de qué había muerto la persona.

-No lo sé, mi amor –le contesté–. Hay muchas causas para morir.

-¿Por ejemplo?

-Enfermedad, vejez, accidente…

Fui enumerando hasta llegar a la última:

-O quitarse la vida.

-¿Quitarse la vida quiere decir matarse uno mismo? –Quiso saber.

-Sí.

-Pues qué tonto es el que se quita la vida.

-¿Por qué? –inquirí.

-Porque se perderá su cumpleaños, la navidad, el día de su santo, su comida favorita, sus canciones preferidas…

Gracias Yago.

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