DOS FORMAS DE OCUPAR EL MUNDO, DOS CÓDIGOS PARA INTERPRETARLO

Saben los que me conocen que doy charlas sobre Literatura Oral y, en concreto, sobre el Romancero de transmisión oral moderna (obviamente este es el nombre largo). Como el público suele ser mayoritariamente femenino, nos entendemos muy bien. Utilizamos el mismo código. Les hablo de cuestiones que de alguna manera conocen; no les son ajenos ni los temas ni las formas ni aquello que rodea al hecho de narrar.

Pero siempre hay algún hombre entre el público que acaba interviniendo para llevar la contraria o tender trampas que desmonten la veracidad de lo contado. No fueron educados para mantenerse en un discreto segundo plano y necesitan manifestar en voz alta su disconformidad. No vayan a pensar que hablo de gente maleducada que falta el respeto, no. Es otra cosa.

Llevo dos días reflexionando sobre esto porque ayer mismo volví a vivir lo que estoy intentando explicar y que me resulta complicado. Y es que no se trata de una queja. Es una reflexión. Sería muy fácil protestar por lo que observo y lo haría airadamente si me hubiese encontrado con cafres en mi camino. Pero no, se trata de hombres educados que actúan como creen que deben hacerlo; que no piensan que estén obrando mal ni que su actitud pueda molestar a las mujeres; que ni siquiera se han planteado jamás cuestiones que para cualquier mujer resultan evidentes. E, imagino, que al revés también sucede. Por eso quiero reflexionar sobre lo que nos ocurre.

Resulta obvio que hombres y mujeres, a pesar de vivir en el mismo mundo, nuestro lugar en él, la forma en la que lo ocupamos es distinta y, por tanto, el código que empleamos para interpretarlo, también lo es. Mientras vivíamos en paralelo y la voz de las mujeres estaba silenciada o relegada al ámbito privado, al doméstico, no se producían grandes encontronazos. Pero ahora que, afortunadamente, nosotras ocupamos también el espacio público y hablamos con nuestra voz, el choque de los mundos está asegurado. Y sí, de lo que voy a hablar es del machismo, de eso que venimos llamando micromachismos que subyacen y se filtran en nuestras conversaciones sin que nos demos cuenta.

Utilizaré como ejemplo lo que ocurrió ayer porque tengo más próximas las palabras y me resultará más fácil recurrir a ellas para argumentar lo que he vivido durante mis charlas.

Como ayer era la víspera del 8 de marzo, el tema era la Literatura Oral porque en algunos de sus géneros las depositarias son mayoritariamente mujeres. Y como muestra, un botón: en la sala, varias mujeres y un único hombre. Mientras hablaba de mitos o leyendas, todo marchaba tranquilamente pero al girar hacia el romancero, aparecieron las diferencias.

El romancero es un género de voz mayoritariamente femenina. Este es un hecho indiscutido entre los estudiosos. La mayoría de las informantes que recuerdan romances son mujeres, los temas romancísticos se han ido desplazando hacia los intereses femeninos, también somos más las mujeres que encuestamos en busca de romances y las que los estudiamos.

-¿Por qué? –preguntó el hombre.

-Probablemente porque estoy hablando de principios del siglo XXI y ya se estudiaba desde la perspectiva de género y puede que nos interesara más una literatura que había pervivido mayoritariamente en voz de las mujeres. Y quizás también porque nos es más fácil que las mujeres nos cuenten los romances a nosotras que no a los hombres.

-¿Por qué? –volvió a preguntar con manifiesta disconformidad ante mi afirmación.

-Porque si ya nos cuesta a las mujeres que una mujer mayor nos abra la puerta de su casa, a un hombre le resultaría imposible.

-¡Qué va! ¿Por qué no van a abrirle a un hombre?

Aquí salieron al rescate el resto de mujeres. Él no lo entendía. A él no le asustaba un hombre y no lo veía peligroso, de la misma manera que seguramente no ha sentido jamás miedo ante un hombre en una calle solitaria. Era imposible que pudiese entender el miedo que podía sentir una mujer ante un hombre desconocido que llama a su puerta. Sin embargo, una de las mujeres dio con el código correcto, las palabras que él sí podía entender:

-Imagínate que le abre y le da un trompazo.

Eso sí podía entenderlo. El hombre ya tenía edad para que un hombre joven pudiese ser una amenaza. Pero entonces cambió de objetivo. El problema no era el hombre (claro, él debía ser un buen hombre y no tenía por qué temer a cualquier hombre desconocido). El problema radicaba en el método.

-Es que no lo hacéis bien. ¿Cómo se os ocurre ir por ahí buscando mujeres sin que os acompañe algún conocido que os haga de intermediario?

No me lo podía creer. ¿De verdad este señor me estaba cuestionando el método? ¿De verdad me estaba diciendo que mis diez años de tesis estaban basados en un método erróneo? ¿Me estaba diciendo que he sido tan tonta como para no darme cuenta de que podía haberme facilitado el trabajo si hubiese recurrido a un conocido que me ayudase a contactar con las informantes?

Cogí mi libro que llevaba toda la sesión sobre la mesa y que ya lo habían estado ojeando, él también. Lo abrí por el índice de lugares encuestados mientras le decía:

-Mire, yo conozco mucha gente, pero he recogido romances de –y comencé a leer cada una de las poblaciones encuestadas. Cuando llevaba alrededor de cincuenta nombres de lugares donde he encontrado romances, me detuvo.

-Está bien, entiendo.

Claro, los datos objetivos son muy claros. Pero él no podía dar su brazo a torcer.

-Aún así, podías haber preguntado a alguien para que te llevara. Vas y preguntas por la persona que más sabe del pueblo y que él te lleve.

Obsérvese que da por sentado que la persona que más sabe es un “él” y, por supuesto, yo sigo sin saber cómo encuestar. Normal, si la mayoría de las profesoras son mujeres, ninguna hemos caído en la cuenta de lo fácil que era preguntar.

-No funciona. Los romances se los saben mayoritariamente las mujeres. De hecho aquí mismo lo hemos podido comprobar, usted no sabía ninguno de los que he nombrado y a ellas les sonaban algunos de ellos y otros se los sabían. Y los hombres desconocen lo que saben las mujeres. De hecho, suelen creer que no saben nada. Me ha pasado muchas veces que, cuando las mujeres se ponían a cantar, sus maridos les preguntaban “¿Y eso cómo es que te lo sabes y yo no te lo he oído nunca?” A lo que ellas siempre contestaban “Porque no lo canto delante de ti”.

Tocado. Esa frase la había escuchado alguna vez. Otro cruce de códigos que conduce a un lugar común. En algún lugar de su memoria se había activado una tecla. Si no a él directamente, a algún hombre conocido se le había dicho esa frase cuando, medio en broma, medio en serio, pero trasluciendo un desprecio ancestral por el saber femenino, había confrontado a una mujer no sumisa.

La sesión continuó. Terminamos con los romances y seguimos con los cuentos.

-¡Siempre acaban igual! –exclamó al escuchar algunos cuentos que acababan igual que algunos romances–. Siempre se quedan embarazadas.

-Ya –respondí– es lo que tiene ser mujer. Y esta literatura la cuentan las mujeres para otras mujeres. Es normal que traten los temas que les interesan o les preocupan.

 

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