DIOS LOS CRÍA Y…

Me gusta veranear en esta urba­nización porque comparto espacio con una parte de la sociedad que no suelo percibir en mi día a día. La intuyo pero no la veo y, si no fuera por estos dos meses estivales, correría el riesgo de creer que no existe, que las seña­les que se vislumbran no son más que parte de una pantomima orquestada por no sé quién y con fines ignotos.

Pero no, está ahí. Existe. Y no debo olvidarla ni menospreciar su fuerza y su poder.

La otra tarde iba a entrar en el recinto de la piscina cuando, desde el otro lado del seto que la bordea, sonó una voz masculina de esas que aún no han aprendido a adaptar el volumen a la distancia que la separa de su interlocutor.

‒¡Trabajas menos que las mujeres!

Mis ojos se adelantaron un par de metros al resto de mi cuerpo en busca del autor de la frase quien, mientras yo accedía al recinto en pos de mis ojos, continuó espetando al chaval que tenía enfrente:

‒Y mira que ellas son vagas!

El otro chico no respondió. Estaba ocupado en recoger los restos de sus tímpanos por si el otorrino podía restaurarlos y devolverle la audición.

Yo sí lo miré. Iba a respon­der con palabras y explicarle que las generalizaciones llevan en su esencia la mentira, que hay mujeres vagas como hay hombres vagos, porque la vagan­cia o la pereza no son acha­cables a un género o a un sexo determinado;
podía haberle planteado multitud de ejemplos que desdecían su afirmación, pero me callé. No valía la pena el esfuerzo porque no habría escuchado. Así que me limité a contestarle con la mirada, una vez reinstalados mis ojos en sus cuencas. Eso sí lo entendió porque no me la pudo sostener.

Entonces reparé en que el tipo en cuestión reposaba sobre las piernas de una muchacha que oteaba lánguidamente la nada.

También a ella la miré instán­dola a reaccionar de alguna manera. Se limitó a sonreír plácida y orgullosa de que la cabeza de él regresara al regazo de ella tras el exabrupto.

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